En 1972, los Rolling Stones y Truman Capote compartían al menos una cosa: la consagración. El grupo había editado Exile on Main Street, un álbum sufrido pero celebrado, y Capote todavía recibía alabanzas por A sangre fría, su exitosa novela-reportaje publicada unos años antes. Gracias a la buena recepción del disco, los Stones estaban listos para girar nuevamente por Estados Unidos, a donde no iban desde el desastre en el festival de Altamont (1969), cuando uno de los Hells Angels, encargados de la seguridad, acuchilló hasta matar a un espectador, una desgracia que afectó mucho la imagen de la banda en ese país.
Aquella nueva gira estadounidense era la ocasión ideal para redimirse. La revista Rolling Stone, consciente de la importancia de esas fechas, decidió encargar a Capote que viajara junto al grupo en ese tour, para luego publicar un artículo donde diera cuenta de toda la parafernalia que rodeaba a los músicos. El escritor acompañó a los Stones durante varios conciertos, pero unos días después comunicó a los editores que no iba a redactar la nota.
Jann Wenner, director de la publicación, no se quedó de brazos cruzados. Decidió doblar la apuesta. Levantó el teléfono, llamó a Andy Warhol y le dijo que entrevistase a Capote, para que explicara porqué se negó a escribir la pieza periodística. La entrevista salió finalmente en abril de 1973, y es una de esas charlas que combinan momentos sublimes con otros de carácter intrascendente. Warhol optó por usar material en bruto, desgrabaciones sin ninguna clase de edición, para luego juntar los fragmentos y darles una forma acabada.
Capote se justifica argumentando que “no había ningún misterio” en esa gira. “Los protagonistas eran demasiado obvios —dice en un momento—, y eso hizo que no tuvieran ninguna dimensión por detrás […] Al no haber allí ‘nada que encontrar’, simplemente no me molesté en escribir algo.”Uno de los pasajes memorables del diálogo se produce cuando Capote describe un viaje en avión con los Stones hacia Washington, en el que se arma una orgía de la que participan músicos y asistentes. Aquel vuelo fue legendario, porque allí también estaba el fotógrafo Robert Frank, encargado de armar una película que documentara esos días alocados. El resultado, una filmación de culto titulada Cocksucker Blues, nunca estrenó oficialmente, porque las escenas de reviente no ayudarían en nada a desmitificar la imagen que el grupo tenía en Estados Unidos.
Pese a que la situación parecía hecha a medida de cualquier cronista, Capote la encontró artificial y se mantuvo al margen del desenfreno. Aun así, sin más interés que llegar a destino, Truman posó su mirada en una chica muy joven, que viajaba con los Rolling Stones con la excusa de escribir una historia sobre ellos a pedido del diario de su escuela secundaria. Era una groupie, por supuesto, pero Capote encontró en ella una inocencia que no detectaba en el resto de los tripulantes.
Durante el viaje, cuenta el narrador, la chica se encamó con uno de los ayudantes de la banda, consciente y feliz de estar siendo filmada. La anécdota (que de haber sido escrita iría de maravillas en Música para camaleones) es coronada por el mismo Capote, quien al final del vuelo se acerca a la joven para decirle: “Bueno, ya tenés una gran historia para contar”.
Publicado originalmente en la revista Ciudad X
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