jueves 15 de septiembre de 2011

Letra y música

“Es una canción sobre voyeurismo, sobre acechar a alguien. Pero suena como una canción de amor.” Quien habla es Stewart Copeland, baterista de The Police, en referencia a Every breath you take, el mayor éxito de su grupo. “(Sting) era bueno escribiendo canciones que parecían hablar de algo, pero al escuchar detenidamente las letras eran sobre otra cosa”, aseguraba. Aquellas declaraciones podrían hacer eco de lo que alguna vez dijeron los Metallica en relación a Nothing else matters, cuando comentaban sorprendidos que algunos la tomaban como una canción romántica, en su sentido más chato y tradicional.

Al ser interrogados acerca del disparador de determinada letra en alguna de sus canciones, los compositores suelen responder que las palabras están íntimamente ligadas a la música. Con ello respaldan la idea de que ciertas músicas aluden a diferentes estados de ánimo, y la letra le da algo así como un contenido razonado a ese pasaje sentimental. De esa forma, letra y música van de la mano para ofrecer un relato más o menos homogéneo.

Pero hay casos –como el citado hit de Sting– en que esa simbiosis se rompe. En esas pocas ocasiones la música va a contramano de las palabras, obteniendo un efecto mucho menos predecible y un poco más difícil de descubrir al escucharlo. Son como diamantes opacos o cuchillos sin filo, algo que nos tiene reservado otro perfil al contemplarlo con mayor atención.





En los primeros años de la década de 1980, cuando Blue Monday se había convertido en el single más vendido de Inglaterra, desde las páginas de NME el crítico Len Brown se permitía especular que la letra del tema de New Order aludía a la Guerra de Malvinas. “El tema dance perfecto para una guerra sin sentido”, planteaba. Resulta extraño imaginar a ese himno de la música house como una canción comprometida socialmente: su momento de gloria estaba unido a la explosión de The Hacienda, un club mítico de Manchester donde reinaba el hedonismo y no se caracterizaba precisamente por las charlas de política exterior de sus parroquianos. Y si bien Bernard Summer, cantante de New Order, descartó que la canción tratara sobre el conflicto bélico (“Es simplemente una canción pop”, dijo en su momento), la ambigüedad de las frases permitió que la teoría de las islas se extendiese hasta hoy. Quizá la línea más cercana a esa idea sea la que dice “I see a ship in the harbor”, pero los argumentos a favor son difíciles de precisar.




Hay un ejemplo más rotundo, donde el contraste se produce de forma muy notoria y perturbadora: No surprises, del disco OK Computer, de Radiohead. La introducción suena como una de esas viejas cajitas musicales, pero luego de algunos segundos surge la voz abatida de Thom Yorke para advertirnos que las cosas no están bien.



Dai Griffiths, un estudioso de la música del grupo oriundo de Oxfordshire, comentó a propósito de esa canción: “Si leyéramos la letra en una página, nos generaría una sensación escalofriante de paranoia o suicidio. Pero la música es frágil, hermosa y tierna. Casi infantil.” Y asimismo se preguntaba si al momento de escribirla Yorke no se habría inspirado en una canción compuesta por otro británico con igual grado de cinismo y elegancia. Hacía referencia a Girlfriend in a coma, de The Smiths, y pensaba, por supuesto, en Steven Morrisey.




Publicado originalmente en Ciudad X