Si se analiza la carrera de Santana tomando la porción que va del exitoso Supernatural (1999) a Guitar Heaven, sólo nos queda pensar que de aquel guitarrista que firmó gemas como Samba pa ti o Soul sacrifice apenas hay un hermoso recuerdo.
Con sus tres álbumes de colaboraciones, el mejicano se puso al servicio de tantos estilos que enumerarlos a todos resultaría exhaustivo. Sólo vamos a remitirnos a sus coqueteos con el neosoul, el hip hop y cierta línea de pop latino que hizo que Santana fuera reconocido por toda una nueva camada de público, primordialmente joven, que apenas conocía su nombre por haberlo visto escrito en la portada de algún vinilo de sus papás.
Es bueno advertirlo de entrada: el nuevo trabajo de Santana, una selección de clásicos del rock con cantantes invitados, tiene bastante poco de aquello que lo convirtió en una leyenda de la guitarra, cuando ensambló el blues y el jazz con la cadencia de los ritmos latinoamericanos, allá en los cada vez más lejanos sesentas.
Guitar Heaven es un disco disfrutable, como todo álbum de versiones en el que su hacedor se puede dar el lujo de invitar a quien le plazca. Lo mismo que hizo Slash, por ejemplo, sólo que en el caso de Santana no aparece el riesgo de firmar canciones propias.
El disco arranca con una versión rabiosa de Whole lotta love (Led Zeppelin) con Chris Cornell (Soundgarden) de invitado, acaso la mejor voz del rock actual. Le sigue Can’t you hear me knocking, de los Rolling Stones, con la participación de Scott Weiland, y el resultado es igual de satisfactorio.
Otro punto alto del álbum es Riders on the Storm, en clave de rumba, que cuenta con los teclados de Ray Manzarek (miembro fundador de The Doors) y la voz de Chester Bennington, el rubio de Linkin Park, mientras la guitarra de Santana contrapuntea sus fraseos.
Otras versiones están bien logradas, como While my guitar gently weeps (junto al melancólico cello de Yo-Yo Ma y la voz de India.Arie) o Little Wing (genial Joe Coker, como siempre), pero son canciones que tienen tantas adaptaciones que ya podrían ser consideradas standarts de jazz.
Sunshine of your love se transforma en hit radial con el aporte de Rob Thomas (el mismo de Smooth), pero incluir el tema de Cream no es una decisión muy feliz si tenemos en cuenta que la misma canción aparece en Valleys of Neptune, también editado este año, en una adaptación mucho más vital y sanguínea. El detalle es que Hendrix la grabó hace 40 años.
Convertir a Back in Black en base para que NAS se luzca como MC tampoco es demasiado novedoso (Eminem ya había rapeado sobre esos tres acordes en 1999) y Photograph, un clásico de Def Leppard, suena ochentoso incluso hoy.
En definitiva, Guitar Heaven es un disco que va a lo seguro. No tiene genialidades ni grandes deslices. La guitarra del mejicano suena filosa y brillante, algo que sus incondicionales van a saber disfrutar. Seguramente se convertirá en Platino y le valdrá nuevos premios, lo que revalidará su estampa de leyenda de las seis cuerdas. “Guitarra, vas a facturar”, pensará algún cínico. Pero Santana es un hombre de buen corazón y no da para pensar que sacrificó su alma al negocio.
Nuestro Vietnam y otras crónicas Aguilar 344 páginas $ 65
Evangelios y apócrifos Libros del náufrago 176 páginas $ 35
Es la tarde del 2 de febrero de 2005 y las últimas luces del día se esconden detrás de las montañas serranas. En el predio hay más de 25 mil personas que miran con fastidio un escenario vacío, a estrenar por Charly García, el astro que lo bautizará y por el que todos han venido hasta la Comuna de San Roque. Pero Charly no llega y no lo hará hasta bien entrada la madrugada, porque tiene activado el modo say no more.
Entre medio de esas horas tensas y aceleradas que separararon la espera de la corporización de García en aquel Cosquín Rock, Daniel Riera fue parte de la comitiva que acompañó al músico, y posteriormente narró aquella experiencia alucinada. El resultado lleva por título “De gira con Charly” y es una de las crónicas que integran Nuestro Vietnam, reciente antología del periodista, escritor y uno de los editores de Barcelona. “La idea era seguir la caravana de Charly”, dice Riera para justificar una prosa sin comas, mucho más vertiginosa que aquella que Víctor Pintos redactó a instancias de José Palazzo para el libro del festival, que cuenta la misma anécdota.
Aunque contenga perfiles tan diferentes como el de Alanis Morissette y Jean Carlos, el corpus de Nuestro Vietnam no se limita a retratar estrellas. Riera también aborda las consecuencias de la dictadura argentina –desde los suicidios de los ex combatientes de Malvinas hasta el destino de Héctor Germán Oesterheld– y los posteriores años en democracia, o las pasiones nacionales, sean públicas (fútbol, política) u ocultas (magia negra, sadomasoquismo). –De unos años a esta parte, las crónicas extensas casi han desaparecido de los medios gráficos nacionales. ¿El libro es la mejor opción para publicarlas? –Es un costo muy grande hacer crónicas sólo para un libro, no sé si pensarlo directamente como única opción. La industria de los medios gráficos tiene un doble discurso. Queda muy bien elogiar a la crónica, muy pocos editores van a decirte que la detestan. Se llenan la boca diciendo que son lo mejor que hay, que al periodismo le viene bien, pero te pagan precios ridículos para hacerla. Y ahí te das cuenta que hay una ecuación que no sirve, existe una diferencia entre el discurso y la realidad.
Una de las unidades del libro incluye artículos acerca de brujos, sádicos o dobles de famosos, una galería de personajes bizarros que se titula “Terrestres extra”, suerte de lado B de la realidad que percibimos a diario. “A diferencia de temas como la democracia, que todavía trabaja sobre deudas pendientes, ese apartado tiene una intención lúdica –explica Riera–. Son las crónicas menos duras y oscuras, es una zona que responde a obsesiones personales”.
En relación al precio personal que paga el cronista al realizar artículos de esta clase, Riera sostiene que nunca se sale igual después de escribir sobre un tema al que se le ha dedicado tanto tiempo y energía. Un ejemplo claro de esto lo representa su pasión por la ventriloquia, oficio que conoció a raíz de una crónica en la que escribió sobre el Círculo de Ventrílocuos de Buenos Aires. “Además de periodista, uno es un ser humano, necesita comprender el foco de las cosas. Son realidades que te modifican como persona”, reflexiona y nombra a Paco y Oliverio, el espectáculo que lo tiene como ventrílocuo. Admite que ha progresado bastante en ese terreno: “Mi maestro de ventriloquia me dijo hace poco: ‘Te felicito porque lograste un desdoblamiento notable’. Yo pensé: ¿Me tengo que alegrar o me estaré volviendo loco?”.
Desestructurado Suele haber cierto recelo mutuo entre periodistas de sensibilidad literaria y escritores de ficción. Conocedor de ambos campos, Juan Villoro declaró en una oportunidad que “los escritores y periodistas, al igual que los solteros y los casados, se envidian por razones que son tristemente imaginarias”.
Daniel Riera también escribe sobre aquello que no tiene anclaje directo en la realidad. “No todos los escritores le ponen la misma onda a la prosa periodística, algunos lo consideran como ganapán y lo hacen de taco para sacarse notas de encima. Lo hacen con normas básicas y se jactan de eso. Consideran que su imaginación es algo sagrado y la realidad es una especie de porquería para ser narrada. Es un problema de ellos”, plantea.
Evangelios y apócrifos es un extraño ejercicio narrativo. De a ratos, el argumento se sostiene a través de diálogos delirantes entre algunos de los personajes. Hay un periodista enfermo que busca a Cristos falsos para escribir un libro sobre ellos, un bibliotecario taciturno que desconfía del pasado de su mujer, un desconocido que interrumpe el relato cada tanto. Una idea esbozada en un momento puede adquirir la fuerza central del relato, como si el narrador intuyera que el lector quiere hacer click sobre alguna de las historias.
–El narrador de la novela está obsesionado con la estructura: determinada cantidad de capítulos con determinada cantidad de caracteres. ¿Es una parodia a ciertos escritores perfeccionistas? –Es un juego. Se plantea una especie de corsé muy menor: equis cantidad de capítulos, equis cantidad de caracteres, casi como una nota periodística. Más allá de eso, la estructura de la novela es muy libre, para nada conservadora, porque no hay una única forma de narrar. Para algunos críticos, una novela es algo que tiene necesariamente introducción-nudo-desenlace. Lucrecia Martel declaró una vez que nada en la vida funciona así, sino que es una especie de árbol que va creciendo por todos lados, una forma de cuestionar esa forma tradicional de narrar.
–Yo lo relacioné con la lógica del hipertexto. –No lo había pensado así, pero es una manera válida de pensarlo. La novela ha tenido buena recepción, aunque algunas reseñas criticaron la estructura. Y este es un país en el que la experimentación con la narrativa no ha faltado. Tenés autores como Lamborghini, Aira o Viñas, que han hecho cosas experimentalísimas. Cuerpo a cuerpo es una novela increíble donde Viñas se pregunta cómo narrar la dictadura, es la novela menos figurativa del mundo. Trabaja con la aspereza, el desmembramiento. Creo que algunos de los escritores de mi generación laburan en una dirección similar, inconscientemente. Cuando leí Los topos de Félix Bruzzone me entusiasmó mucho, sentí un espíritu de época compartido.
Pocos años atrás, Tom Wolfe declaró que el sueño de los nuevos estudiantes de Letras no pasaba por escribir la nueva Gran Novela Americana, sino –se lo confesaban en las charlas– ser guionistas de series inteligentes de la TV. Los muertos, primera novela del español Jorge Carrión (1976), ofrece otra vuelta de tuerca: demuestra que la influencia de la literatura hacia las nuevas series televisivas de culto también puede aplicarse a la inversa.
Una narración que simula el guión de un producto audiovisual, una trama que bebe de mucha de la ciencia ficción del cine y numerosas referencias a la cultura pop hacen de la obra algo inclasificable, lo cual no dice nada en sí mismo, pero sirve para atender a un trabajo salpicado de enlaces externos. No se trata de una ficción lineal; por el contrario, Los muertos opera con el ánimo del cut up o, mejor, un remix: encierra y entrecruza numerosas historias, algunas propias de la inventiva del autor y otras procedentes de la industria cultural.
En una metrópolis violenta, se “materializan” cuerpos vivos en callejones sórdidos. No recuerdan nada de su existencia, y su misión pasa por conseguir información de su pasado en una ciudad que desconocen, para lo cual deben acudir a las virtudes de adivinos. A estas personas (los “materializados”) se las llama Nuevos. Ocasionalmente padecen “interferencias”, imágenes y sensaciones provenientes de una vida pasada. En el tramo final, el argumento se acerca velozmente al tono apocalíptico, a raíz de una pandemia que produce inesperadas desapariciones, individuales y colectivas.
La novela está dividida en dos partes de ocho capítulos cada una. Pero a la vez incluye dos complementos que imitan artículos académicos, en los que se describe y analiza a Los muertos. No como un texto literario, sino como una serie de dos temporadas para la televisión, que cautiva a la audiencia de una manera similar –no casualmente– a la fiebre que produjo Lost. A partir de allí se comprende mejor la austeridad en la prosa de Carrión, que en algunas ocasiones lo lleva incluso a prescindir de los verbos (“En la parte trasera de sus pantalones, el relieve de dos pistolas”).
Esos textos analíticos aportan, asimismo, datos más inquietantes: Los muertos se inscribe en la narrativa postraumática; es decir, se trataría de una metáfora que aborda las experiencias límite que debieron padecer las víctimas de masacres. Y también dan cuenta de una ironía deliciosa, casi borgeana: sería imposible trasladar la serie a otro formato, como podría ser una novela, sin traicionar su eficacia.
The Beatlend. Los Beatles después de los Beatles Music Brokers 280 páginas $ 60
Escrito a cuatro manos por el periodista Sergio Marchi y el músico Fernando Blanco, The Beatlend se propone analizar las carreras solistas de los cuatro Beatles, en un recorrido exhaustivo y fascinante que entrelaza cuestiones musicales con históricas. Blanco comenta que la realización del libro tuvo algo de beatlesco: “Fue bastante intenso, nos llevó casi un año, incluida una actualización para el 9/9/09 (cuando salió a la venta la discografía remasterizada). Nos distribuimos el trabajo, yo laburaba más con las discografías, en lo musical, y Sergio iba articulando la historia. Laburamos individualmente, pero mancomunados. Una forma de trabajo medio Lennon/McCartney.”
-¿Internet ayudó al momento de conseguir álbumes difíciles? -No tanto para conseguir discos, sino para algunas canciones puntuales que estaban medio perdidas. Somos bastante obsesivos y tenemos casi toda la discografía. Internet es útil, pero recurrimos mucho a los libros, revistas y los discos. Lo hicimos por gusto personal. Esto nació a raíz de charlas acerca de cómo nos gustaban esos discos solistas y cómo en ciertos trabajos aparecía cierta parte de la magia que habían tenido los Beatles. No siempre, pero se encuentran chispazos. Sergio me comentó que había querido escribir un libro, yo le insistí y la cosa fue tomando forma.
-Pareciera que los picos altos en la carrera solista de Paul McCartney son justamente cuando surge ese chispazo beatle. Por ejemplo, en “Band on the run” o en “Tug of War”, que lo produjo George Martin. -Es cierto, sobre todo en el caso de McCartney. Band on the run es el único disco de un beatle solista que vendió tanto como unos de los Beatles. Evidentemente la gente busca esa marca beatle. Pasó también con el éxito de Lennon con Imagine. La crítica siempre va a hablar mejor de Plastic Ono Band como disco, como testamento de su momento, como honestidad brutal, de un álbum de venas abiertas. Sin embargo, Imagine es un trabajo de orientación beatle y tuvo más ventas. La hipótesis del libro es plantear que pese a la separación, los cuatro siguieron unidos de alguna manera, por oposición o empatía. Siempre estuvieron ligados a los Beatles.
-A simple vista, Lennon queda como el menos concesivo dentro de su faceta solista. Pero la pregunta debería ser si sus discos estuvieron a la altura artística de los Beatles. -Hay que ser sinceros, ninguno de los cuatro llegó a estar a la altura. En este caso, la banda es más que la suma de sus partes. Por momentos, Lennon se acercó. Imagine, la canción, podría haber sido un éxito beatle. Lo que saco en conclusión es que McCartney fue un poco más condescendiente con su pasado, en cambio Lennon iba y venía. A veces renegaba, pero después se amigaba. El que más se quiso despegar fue Harrison, pero también tuvo un período en que se amigó, como cuando editó Cloud number nine. Y al final de su vida, volvió a renegar de eso.
-Tanto McCartney como Harrison tuvieron su etapa “ochentosa”, cosa que por obvias razones Lennon no transitó. -Los ochentas, para mí, fueron siempre la gran trampa musical. Todos los artistas de aquel momento quisieron aggiornarse. Lennon se quedó en la puerta, pero fue bastante visionario en una cosa: si uno escucha Double Fantasy (1980, último álbum que el músico editó en vida), no cae en las trampas básicas en las que cayeron varios artistas en ese momento, sino que buscó un sonido clásico, rockero dentro esa etapa madura, algo que Harrison encontró en la época de Cloud number nine y con los Travelling Wilburys. Es un sonido que escapa a los samplers y las baterías electrónicas, no es el típico sonido “camaroso” que marcó a los ochenta. McCartney entró muy bien a esa década, pero después fue decayendo y sacó un par de discos muy ochentosos. Incluso hubo un disco de él que no se editó (Return to Pepperland), que se consigue en Internet. Lo escuchás y tiene baterías al palo muy feas…
-En el libro se detalla que Travelling Willburys surge de forma espontánea. Es para reflexionar, en tiempos donde la aparición de algunas megabandas parece estratégica, como el caso de Supernova o Chickenfoot. -Claro, lo de los Travelling fue totalmente casual. Hace unos años salió un DVD sobre ellos donde Harrison dice algo clave: “Lo que más cuido con la banda es conservar nuestra amistad”. Era una pandilla de amigos que se propuso hacer música. Hicieron dos discos, se entretuvieron y no más que eso. Incluso Tom Petty y Bob Dylan querían salir de gira, pero los otros dos ingleses malhumorados, que eran Harrison y Jeff Lynne, se negaron porque preferían pasar un buen rato en el estudio y no complicarse. Simplemente lo hicieron por placer, y eso se transmite.
-Todavía no hablamos de Ringo. ¿Cuál considerás que es su mejor momento en solitario? -Ringo tiene etapas muy definidas. Arranca un poco errático haciendo discos accesorios, después le llega el éxito y más tarde su carrera no pudo remontar. En los ochentas cayó en un pozo. Después se recupera con las giras de la All Starr Band, una idea brillante. Pero sin duda que su mejor disco es Ringo (1973), no sólo porque tiene la participación de sus tres ex compañeros, sino porque realmente está muy bien producido y grabado, es muy fresco. Fue algo muy cómico, porque en aquel momento Ringo era el ex Beatle más exitoso, al punto que Lennon le manda un telegrama diciendo “¿Cómo te atrevés? ¡Escribime un hit!”. Ringo sacó un disco hace poco (Y not), su carrera sigue abierta. Sus últimos trabajos tienen una impronta beatle evidente.
-Pasa igual con McCartney, ¿no te parece? Lo último que editó hasta el momento, “Good evening New York”, tiene mucho material beatle. -Es que McCartney puso toda su vida en los Beatles. Incluso se compró una casa a tres cuadras de Abbey Road para poder ir a grabar cuando quisiera. Creo que una de las razones de la ruptura fue la diferencia de personalidades. Lennon y Harrison valoraban mucho la espontaneidad; Mccartney, en cambio, era de preparar todo, de trabajar para la posteridad. Me parece que era un tipo consciente de que estaba escribiendo la música clásica del futuro. Siempre fue un tipo que tuvo muy claro que los Beatles eran algo muy importante. Creo que es el artista vivo más importante en el planeta, en todas las ramas del arte.
Se encuentra disponible en las librerías la segunda edición del libro The Beatlend, material indispensable para cualquier fan de los Beatles. (Felices 70, Ringo.)
Vamos a suponer que nos asignan la tarea de encasillar la música de Frikstailers, ese combo sonoro tan indescifrable como encantador. Una salida posible sería inventar un término para designar su estilo (¿friktune? ¿frikimal?), pero un rótulo arbitrario en torno a la dupla que forman Rafa Caivano y Lisandro Sona no ayuda demasiado a nuestro propósito.
La cosa se complica todavía más cuando los propios Frikstailers hablan de su música, porque utilizan intangibles como “psicodelia” y “energía”. Veamos: “Energía, psicodelia, tropicalismo, música negra, pedacitos de sonidos tomados de todo tipo de música”, enumeran, y rematan con una comparación gastronómica: “Agarrás un montón de música underground y mainstream, la metés en una licuadora y la sacás. La mezcla es un batido tropical extraterrestre”.
A confesión de partes, relevo de pruebas. Que los encasillen los saca de las casillas, valga el juego de palabras. Mejor pasemos a otro tema.
Los inicios El origen de Frikstailers encuentra a Rafa y Lisandro como compañeros en la facultad, uno haciendo música de forma tradicional (Lisandro, con una banda de rock) y el otro, experimental (Rafa, con programas de edición de audio). Cada uno le mostraba al otro lo que hacía. Rafa: “A Lisandro se le voló la cabeza cuando le llevé el (software) Fruity Loops. Le expliqué las nociones básicas y en una semana se hizo un disco.”
Un tiempo después, comenzaron a hacer cosas en conjunto. “Arrancamos con música tipo micro house, con ruiditos y errores. El proyecto se llamaba Acné, en alusión a la síntesis granular”, recuerdan los dos, con tono presuntuoso y medio burlón hacia aquel pasado. “A instancias de Andrés Oddone y Chelo Scotti (ambos dee jays y productores), empezamos a escuchar otras cosas y a probar otras ideas. Esa música nos abrió la cabeza”.
Tal la génesis del dúo electropical que tiene base en Córdoba y entusiasma a públicos de diferentes partes del mundo. De hecho, en breve editarán un vinilo a través del sello ZZK Records y los espera una gira por los Estados Unidos. ¿Cómo era eso de que nadie es profeta en su tierra? “Hay lugares que captan la onda de lo que hacemos y otros que no. No nos quejamos, es una realidad. En este momento tratamos de que la gente entienda y se prenda con nuestra propuesta”, dicen.
Imagen y sonido La música electrónica enfrenta viejos prejuicios. No es fácil ofrecer un show atractivo, en términos visuales, si el instrumento principal es una notebook. Se entiende: el click del mouse no puede competir con la pirotecnia de un doble bombo o un solo de guitarra.
De parte de los Frikstailers, la forma de combatir el tedio en vivo es proponer un show lleno de estímulos, donde lo más presente es -de nuevo- la energía: hay notebooks, sí, pero también teclados, sintetizadores, vocoder e incluso un dance pad con una paleta de sonidos a puro 8-bit. Eso sumado al propio histrionismo de la dupla, con su par de anteojos extravagantes y sus cabelleras fluorescentes que se sacuden al son de los beats tropicales, como dos juguetes rabiosos.
“Podemos llegar a tener problemas con la gente más conservadora dentro de la música electrónica, los que piensan que a ciertos géneros no se los debe mezclar con lo tropical. Hoy por hoy no tiene mucho sentido esa discusión”, cierran Lisandro y Rafa.
De un tiempo a esta parte, al nombre Frikstailers también se lo relaciona con Julieta Venegas. Sucede que la mejicana los descubrió vía MySpace y les encargó un remix para uno de sus temas, en el que se encuentran trabajando. Pero Venegas no es la única interesada en las habilidades del dúo para “deformar” canciones, sino que son varios los artistas de otras latitudes fascinados con su estilo libre.
Lo cierto es que sus reversiones son tan solicitadas como impredecibles: “Lo nuestro es muy polimorfo, con cada nueva canción encontramos la posibilidad de trabajar una estética nueva. Pero al mismo tiempo, hay un hilo conductor que remite a Frikstailers. Es decir, más que por un sonido, las solicitudes llegan por una forma de hacer las cosas, por una energía.”
Taringa! no para de crecer. En tiempos en que los sitios exitosos se tasan en cifras desorbitantes, la comunidad virtual más grande de Argentina, a la que miles y miles de usuarios recurren diariamente en busca de las más diversas temáticas, todavía conserva cierto romanticismo. “Siempre hay interés, pero no estamos interesados en venderlo”, repetirá Matías Botbol, uno de sus propietarios.
–¿Quiénes son los que más ofertan? ¿Empresas privadas, medios, partidos políticos? Es una plataforma muy poderosa. –Hay de todo. Nosotros descartamos automáticamente cualquier posibilidad de un grupo que tenga intereses políticos. Taringa! es exitoso por ser un sitio independiente y plural. En el momento que venga alguien con la intención de bajar línea va a estropear todo el trabajo que hicimos.
–¿Cómo se mide el precio de un portal? –Es algo muy difícil, no lo sabemos con certeza. Una empresa puede hacer una oferta puntual, pero hay muchas variables que influyen. Es diferente a comprar un kilo de naranjas.
–¿En qué momento se encuentra Taringa!? –Hoy es una de las comunidades más grandes del mundo. Pero tenemos que seguir corrigiendo algunas cosas, todavía podemos mejorar. Todo el tiempo notamos la demanda por parte de los usuarios, solicitando nuevas cosas. La idea es que nunca se aburran.
–¿En la empresa utilizan Taringa! también como consumidores? –Sí, todos los que trabajamos ahí lo usamos como cualquiera. Incluso a muchos de nuestros empleados los conocimos como usuarios.
–Hay un interés que va más allá de las descargas de música o películas. –En relación a eso hay una especie de prejuicio. Algunos piensan que es un sitio de descargas, pero no hay archivos alojados, los posts son como puentes. En Taringa! hay todo tipo de información, desde cómo arreglar un sillón hasta recetas de cocina. Termina siendo como una Wikipedia, pero informal. Los que lo usan a diario le empiezan a sacar ese provecho. Es un mejor uso que el de los usuarios esporádicos, alguien que entra seguido encuentra con un universo.
–¿Llega a ser incontrolable en un punto? –Son los mismos usuarios los que ofician de controladores. Si encuentra un post que no cumple con las normas, lo denuncia y a partir de ahí pasa por un proceso de moderación. Para una persona sí, es imposible de controlar, pero al estar toda la comunidad participando, se vuelve un proceso eficaz.
–¿Cómo está funcionando la versión en portugués (br.taringa.net)? –Bastante bien. Como es lógico, los números todavía no se comparan con el original. Pero estamos contentos porque viene con un crecimiento mensual aproximado del 15%. Cuando uno lo compara con Taringa! cuando empezó, el crecimient es mayor.
–¿El sitio tiene un techo? ¿Llegará el momento en que ingrese en una meseta? –En cuanto al crecimiento, puede llegar a un techo. En Argentina, casi llegamos al tope de cantidad de usuarios. De nuestro país entran unos 16 millones de usuarios por mes y se calcula que la cantidad de usuarios argentinos que ingresa a Internet es entre 18 a 20 millones. Queda un porcentaje muy chico de personas que no entra a Taringa!. Crece en otros países, como México, Chile o Colombia, pero llegará un punto en que no crezca más en Argentina. Estamos desarrollando nuevas herramientas para que los usuarios encuentren más utilidades y se vuelva más fuerte la comunidad. En eso sí se puede crecer.
En otro intento por combatir la piratería musical, en setiembre del año pasado se lanzó al mercado argentino la tarjeta musicpass, un nuevo formato que permite la descarga de un álbum completo a través de la web. El funcionamiento es sencillo: en el dorso, el plástico contiene un código que hay que ingresar a un sitio oficial para bajar –por única vez– la obra del artista, en formato mp3 de alta calidad (320 kbps).
Las ventajas frente al disco, en un vistazo rápido, parecen ser dos. Por un lado, su precio: el promedio de la musicpass es de $ 15 (menos de la mitad de un CD original), y por el otro, los contenidos extra, ya que la musicpass, al no ser un formato de almacenamiento, no presenta limitaciones cuando de ofrecer contenido se trata. De esa forma, además del álbum, el usuario puede descargar un videoclip, una entrevista, un wallpaper u otro feature del artista en cuestión.
Los últimos trabajos de Gustavo Cerati (Fuerza Natural) y Shakira (Loba), ambos de Sony BMG, fueron los primeros en salir a la calle a través de musicpass. “Superó nuestras expectativas”, aseguran Diego Summer Sasin y Esteban González Treglia, los encargados de marketing de DMC Latinoamérica (Digital Music Card), empresa encargada de producir y distribuir musicpass. “El disco ya es un formato de colección. El que es comprador de discos, va a seguir haciéndolo –agrega Summer–. El nacimiento del musicpass surge de eso: un formato nuevo, que transmita transportabilidad, que sea fácil de descargar y de pasar al dispositivo de reproducción de música”.
Algo físico Al día de hoy, el catálogo se amplió a unos veinte títulos y todo indica que la cifra irá en aumento. Ahora bien, la pregunta que cae de maduro es la siguiente: al margen de las implicancias legales, ¿qué ofrece la tarjeta que la web no pueda hacerlo de forma gratuita? Tanto los contenidos extra, como la calidad del mp3 y la velocidad de descarga, son argumentos que un entendido en la materia puede rebatir con facilidad. “Es cierto. Según nuestro estudio de mercado en Latinoamérica, nadie se pone colorado por descargar música. Entonces, cuando compra la musicpass, ya tiene la sensación de que se lleva algo físico, es decir, la tarjeta con el arte del disco. Además, la idea también es generar la fidelización del fan con el artista. Para eso, planeamos la actualización constante de contenidos. Mes a mes, entrás y descargás algo nuevo: videocip, entrevista, lo que sea”, plantean.
A riesgo de generar cierta incomodidad, hay que insistir en que las explicaciones esgrimidas no parecen ser suficientes para un habituado al download. Los directivos objetarán aplicando el sentido común: “Vos tenés la idea de un melómano, un gran bajador de música. Pero hay que entender que muchísima gente tiene su reproductor de mp3, su teléfono celular, y sin embargo no es amiga de la tecnología. Por ende, no descarga música. Le gusta ir y comprar. Además, en la actualidad argentina, para el que quiera bajar música de forma legal, una de las poquísimas opciones que tiene es el musicpass”.
Ventas Una de las próximas acciones de promoción por parte de DMC es extender los puntos de venta de la tarjeta. Que no sólo se adquiera en disquerías, sino también en quioscos, hipermercados e incluso farmacias. “Nos sorprendió la cantidad de unidades vendidas en los duty free de los aeropuertos”, comentarán Summer y González Treglia. “Ahora la música se puede mover a canales donde antes no podía estar. Y eso también es una ventaja para el melómano. Es como el caramelo del quiosco: con lo que me sobra, me llevo música”, comparan.
Desde DMC aseguran que los números acompañan (“Hoy Cerati es musicpass de platino”); sin embargo, las grandes cadenas no aportan datos. Desde prensa del grupo ILHSA (propietarios de la librería Yenny, entre otras), aclaran que no suelen dar “cifras de venta”. El que sí brinda información es Antonio Cobo, de Disquería Edén: “Se vendió muy poco la tarjeta. Nosotros probamos con las primeras que salieron, de Shakira y Cerati. Habremos vendido unas 50 unidades, como mucho”. Luego agrega: “En un país en el cual reina la cultura del ‘cero pesos’, la gente opta por bajarlo. Que se entienda: me encanta que haya otro formato legal y que cueste 15 mangos. Pero hoy por hoy la realidad es otra”. Cobo también revela que varios de los artistas más populares de cuarteto ya han sido seducidos para editar en musicpass, pero que aún ninguno se ha decidido.
En vivo Entre los nuevos proyectos de DMC, se encuentra “musicpass live”, que se perfila como una de las grandes apuestas a futuro. Esta vez sí aporta algo que resulta intransferible: un show en vivo. “Adquirís una tarjeta como acreditación a los grandes eventos de música, para que puedas ver el recital y después, una vez que estás en tu casa, descargar el material”, explican Summer Sasin y González Treglia.
La primera entrega de esta colección será una tarjeta con material de los diez años de Cosquín Rock, a editarse próximamente (se calcula para mediados de año). “Va a incluir un documental especial del festival, con mucho material de backstage”, adelanta José Palazzo. “La música se negocia con los artistas, por lo que todavía no hay precisiones en relación a las canciones. Hay mucho para elegir: cuando Charly tocó con Pappo, por ejemplo, y otras perlitas que se fueron dando a lo largo de las ediciones. Lo que sí te puedo decir es que va a tener material fotográfico, entrevistas y todos los especiales televisivos”, concluye el titular de Nueva Tribu.
Es evidente que la tarjeta musicpass aún está en ciernes y presenta mucho potencial como formato. Aun así, el tiempo y los usuarios serán los encargados de establecer si podrá hacerle frente a las descargas ilegales, una realidad que existe, al margen de la gracia que le cause a los artistas o a los grandes sellos discográficos.